¡Iupi! - Piquito de Oro


El estilo es una cosa esquiva, difícil de definir, que la mayoría de los escritores tiene y los aspirantes buscan. En fin, creo que el estilo se cultiva por imitación, primero de otros escritores y después de uno mismo.
Cuando empecé a leer Piquito de oro de Gustavo Ferreyra me produjo un poquito de envidia estilística. No tanto una aspiración a querer escribir cómo él sino la creencia, completamente infundada, de imaginarme que si en los últimos diez años hubiera cultivado algo de talento literario, hoy escribiría en forma similar.


Vengo de un Sebald en el que a duras penas encontré algo parecido a una trama, y la prosa no se me hacía muy interesante, para encontrarme con un libro donde la prosa me resulta atrapante, y casi que prescindiría de la trama, excusa casi innecesaria para leer el estilo obstinado, sobrecargado y un poco desprolijo de Ferreyra.


Dicho de otra forma, es un libro para disfrutar de las opiniones terribles en cabeza de los personajes que inventa Ferreyra, lo que pasa de fondo es puro paisaje, disparadores…

Piquito de oro (nunca aparece su nombre), sociólogo de 33 años, hijo único malcriado que un día se encuentra adulto, recibido, sin trabajo y mantenido por Josefina, filósofa madurita que le lleva casi 20 años pero con "su lindo cuerpo nalgudo, tetudo, jamonudo...Piquito se pregunta dónde opero la metamorfosis que lo convirtió de pura potencia (mimada y festejada) en apesadumbrada actualidad (tímida y tibia). Su personalidad desintegrada, sin saber que fuerzas centrifugas operaron que dejaron tantos pedacitos inconexos.


Por otro lado, Susana, madre de cuatro hijos, asesinan a su marido y su mundo se derrumba, no porque lo extrañe, sino porque mantenía unida a la familia y ella ni se había dado cuenta. Ya no alcanza con su hijismo para salir adelante, “porque los hijos de carne y hueso insertos en el mundo material donde cabe la decepción y el hastío” y no le permiten reagruparse. Se da cuenta que en realidad esas almas que creía que eran su salvación, no llego a tocarlas nunca, y pertenecían a personas que le resultaban completamente extrañas. En un momento piensa “a los últimos dos no debí tenerlos nunca, pero claro, Hector quería, ¿y ahora hasta que edad tengo que esperar para que cumplan 20 y se vayan?
porque si algo la fastidiaba era que la apuraran cuando se sentaba en el inodoro. Con un marido y cuatro hijos, todos con sus exigencias, el inodoro era en realidad su refugio. Se sentaba allí para estar tranquila, para tener derecho a que no la molestasen. Desde allí podía ponerse furiosa si la requerían. En el inodoro, casi como en ningún otro lado, podía existir para sí misma.


Las historias están artificiosamente relacionadas a través de la Argentina del corralito, de la crisis y la inestabilidad política. Supongo que ingredientes fundamentales para la editorial, algunos lectores y ese mundillo insignificante de la elite intelectual concientizada. Todas estas cosas en la literatura de ficción a mí me interesan tan poco que en mi imaginación pienso que a Ferreyra, sociólogo o no, le interesa tan poco como a mí.
Lo jugoso está en las opiniones de Piquito, siempre escrito en primera persona, siempre pensando en el futuro o hablando del pasado, con un estilo que tiene algo de stream of consciousness pero que, a fuerza de nunca estar en el presente, no llega a serlo del todo.


En piquito se puede leer:

Al tímido: No miraba para no ser mirado, en una suerte de trueque de indiferencias que yo suelo proponer a mis congéneres. Y creo ser bastante hábil para disimular mi existencia. A veces pienso que mi existencia tiene la levedad de una pluma, la densidad del telgopor. Se me ignora con facilidad.
Al tibio:
Porque, yo lo he notado, mis verdades nunca son feroces, para mi gusto son más bien tibias, en cambio las de los otros...
Al vago:
Para el que está en actividad, en el trajinar de la ciudad, la inactividad del pijama es casi pecaminosa, como si uno estuviera insultando a la vida. Cuando, paradójicamente, para uno, está cobijándola, está abrigándola, cuidándola de las agresiones.
Al crítico que no le gusta exponerse: Quizá, por vergüenza ontológica. Jamás me gustó decir frente a otros que yo era tal cosa u otra. Nunca me gustó decir lo que yo era, así se tratase de la cosa más baladí. No me gusta que me fuercen a decir lo que yo soy. Debería suponer que aspiro a ser lo incriticable, es decir, la nada.


Vergüenza ontológica… ¡todavía me estoy riendo!


Cuando lo leo me leo un poquito a mí, ¡yo también fui un piquito de oro! Hasta los doce años fui hijo único y mal criado, mis monerías también eran festejadas y me llegó el día en que también me mantuvo mi mujer. Y al final, cuando llego la adultez, también me pregunté donde había quedado ese piquito de oro, puro potencial, lleno de posibilidades…


Seguramente me dieron demasiada importancia. Fue un error. No advirtieron que la maravilla era uno más entre los miles de millones de primates. Y se empecinaron en su pequeño mundo. Sobrestimaron al monito. Festejaban sus monerías. ¡Dios mío! Me creyeron central, guía, eje, jefe y, por fin, excepcional, piquito de oro. Gran maestre del pico. Figurín. Manda tutti. Monarca y monito. Jefacho en el departamentito. Siemprevivo. Me atendieron a cuerpo de rey. Alimentado a piacere, vestido a satisfacción, ¡dueño de todo! Querubín gracioso el monito piquito de oro.
O Ferreyra es un observador portentoso con una mente poderosísima, o Piquito de oro tiene un componente autobiográfico importante. Lo leo y muchas veces me leo “¡La Facilidad es mi dogma superior! ¡Ningún esfuerzo es digno de mí!” ¡Caramba! Miro por encima de mis hombros, temeroso de que alguien esté leyendo y por ende esté mirando en lo profundo de mí ser. “¡Y la reflexión nos permite carecer de orgullo! Siempre que reflexionamos le estamos buscando la vuelta al asunto para hacer desistir al orgullo.” Ahhh!! Ya le voy a dar a este Ferreyra andar hurgando en mi pretenciosa y desordenada cabecita pseudo-intelectual.

Piquito es fiel representación de todos los que miramos con un poquito de desprecio a la horda inculta y hacendosa:

En fin. Por lo demás, casi todo el mundo, según mi parecer, está muy por encima de mí y a la vez muy por debajo. Saben qué hacer y lo hacen, cosa que provoca mi admiración, pero hacen cosas despreciables. Están allá arriba y allá abajo a la vez. Aspiro a saltar y oler sus culos y por otro lado escapo de su olor fétido que viene desde abajo. 
Después piquito deviene en piquetero y sus opiniones se ponen más abstractas y filosóficas, y si bien mantiene ese pesimismo ácido e incisivo característico, el personaje se opaca y pierde en pos de “la trama”.
Por ejemplo, sociólogo al fin y al cabo, piquito elabora su teoría sobre la política:

No ganan las batallas los generales más sagaces. Y grandes inteligencias fracasan en donde otras más modestas logran los cometidos. Importa la voluntad del conjunto. Si un conjunto de personas con voluntad se transforma en una fuerza material, en masa (no en el sentido de un número gigantesco sino de fuerza física) cuya energía puja en algún sentido, es de esperar que el devenir de los sucesos se determine por los resquicios, las fracturas y la oposición que ese conjunto encuentre en otras fuerzas físicas, en otras presencias materiales. Y la conducción hace que conduce.  Tal vez, cuanto menos pretenciosa, mejor para el conjunto. Y los zopencos se avienen mejor a que la realidad siga su curso sin entorpecer. Los inteligentes son amigos de las maniobras. En fin. El director de orquesta conduce y mueve los brazos y revuelve la batuta desde la dignidad de la tarima, pero si se bajara la orquesta seguiría su curso y es la música grupal la que guía a cada integrante. Así me imagino yo, al menos, la política.
Y me sigue resultando muy divertido, pero la naturalidad del devenir de piquito en desempleado mantenido se vuelve más artificiosa en la metamorfosis a piquito piquetero.
Un poco a mi pesar, Ferreyra pertenece a una nueva camada de escritores Argentinos, que también habla de la Argentina, de la Argentinidad, que tienen que nombrar a Nietsche, Hegel, Freud y los filósofos griegos…  y más a mi pesar porque me imagino que yo también hablaría de la Argentina y la Argentinidad y de los filósofos griegos. Algo de verdad había en eso que decía Idez de que la Argentina no es más que una construcción literaria, y todos queremos aportar nuestros parrafitos insignificantes a esta construcción:

Porque hay en la argentinidad cierta blandura colchonosa, cierto apego a la discrecionalidad y a la laxitud.
Y más impactante para mí porque siempre digo que en Argentina tenemos las versiones patéticas de todo lo que hay en el resto del mundo, y Ferreyra lo dice de otra forma, pero lo tomo como mío:

¡Lo berreta nos ocupa todo el tiempo! No tenemos tiempo más que para lo berreta.
Es terriblemente pesimista, pero escribe con un estilo ameno:

¡El pesimismo es feroz, casi tentador!¡A cual más pesimista!¡Es una verdadera competencia!¡Nos revolcamos en el pesimismo como chanchos felices!¡No tenemos destino!¡El país es una lacra!¡Iupi!
Un Iupi por acá, otro por allá y de alguna forma se las ingenia para que en lugar de deprimirme esboce una sonrisa.

El amor no se ahorra pero el odio tiene cuenta corriente. ¡Y, en este aspecto, casi todos somos millonarios!¡Iupi! Plata y plata en la cuentita. No hay que extrañarse del devenir del mundo.
Es verdad, existe una nueva literatura Argentina. Y, es verdad, algunas cosas siguen firmes como rulo de estatua, no nombrarlo a Hegel es pecado y a la Argentina hay que explicarla en la literatura ¡No vaya a ser que se esfume y nos quedemos apátridas en este mundo tan complicado! pero el tono más ligero, la acidez y el humor hacen la experiencia mucho más placentera.

¡Hasta el fracaso, siempre!

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