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Historias que pelean por quedarse

Todos tenemos una historia sobre cómo empezamos a practicar artes marciales. En mi caso, fue a partir de una crisis personal que llegó de forma abrupta: cuando a mi vieja le diagnosticaron cáncer de páncreas. Life can change in a minute, dice el adagio. Ese fue un punto de quiebre —de esos que uno no busca y que sacuden todo lo que damos por sentado. Detrás de la angustia apareció una necesidad de exploración, de encontrar nuevos cimientos.


Desde muy joven siempre me habían intrigado las películas orientales de artes marciales: esa mezcla de misticismo, disciplina y poesía en movimiento. Así que, sin saber si esto era para mí o no, empecé a averiguar. No fue una búsqueda muy elaborada: básicamente se trataba de elegir entre artes marciales japonesas o chinas. Como muchos que crecimos en los noventa, el peso cultural de Japón era fuerte —anime, videojuegos, películas— así que lo más lógico parecía ir a Kumazawa. Pero había un lugar más cerca, sobre Blanco Encalada al 2100, al lado de un súper chino y una escuela de danza. Tenía una puerta de chapa con el símbolo del yin y el yang pintado: el Taijitu (太极).


Un día, volviendo del trabajo, me animé a tocar el timbre. Detrás de esa puerta había una escalera larga como un pensamiento inconcluso, y arriba me esperaba Sifu Aníbal Tanus. Me dio un folleto con los horarios, me explicó qué ropa se usaba y me invitó a una clase de muestra. Nada épico, bastante anticlimático. Pero así empiezan a veces los caminos que después marcan la vida.


Era 2016, estaba por cumplir 38 años y empezaba a caminar un sendero que no sabía que necesitaba: el de las artes marciales. Con el tiempo aprendí a decir que practico Kung Fu, porque cada vez que digo “Choy Li Fat”, la gente me mira como me mira mi perro cuando le hablo del escepticismo epistemológico del criticismo kantiano.


Y esta reseña es sobre un libro que escribió una de las personas que me inició en ese camino. La otra, claro, es mi vieja.


Lo que pasa es que del libro puedo decir poco que no hayan dicho mejor en sus prólogos Sigung Horacio Di Renzo o Saseong Mario Troiano.



Antiguos Maestros de Kung Fu no fue un libro lleno de sorpresas —varios de los relatos nos los fue contando Sifu en clase, en cuotas, como se cuentan las buenas historias— pero sí cargado de un valor que no imaginaba hasta tenerlo en las manos.


Para entender por qué digo esto, hay que entender qué son estas historias, que lugar ocupan en la historiografía, y que valor tienen para el practicante.


Aunque hoy estén escritas, la fuente de casi todas ellas es la vía oral. Fuente cuestionada por la historiografía desde el siglo XIX —pienso en Hayden White o en Ricoeur—, sin embargo, otros remarcan que las historias narradas no solo cuentan el pasado: le dan sentido. Lo organizan. Las historias tensionan todo el tiempo entre lo factual y lo simbólico, entre lo verificable y lo construido.


Y en las artes marciales, las historias no buscan cerrar un hecho con evidencia irrefutable. Tienen otro rol. Son una forma de transmitir identidad. De construir linajes. De inspirar respeto. De enseñarnos valores: la disciplina, la humildad, la constancia.


Los grandes maestros son narrados como figuras épicas, cómo Ku Yu Cheung con hazañas casi míticas, técnicas secretas, enseñanzas que van más allá del combate. Como santos. Como héroes de una tradición oral que se niega a desaparecer.


Y como ya dije, estas historias no solo preservan hechos: preservan una forma de ver el mundo. Son microcápsulas culturales donde se guarda una ética, una filosofía, una sensibilidad. Muestran cómo deberíamos actuar, qué vale la pena conservar y a quién se le debe memoria.


En su último viaje, mi vieja me trajo una caja de tés de China. Los guardé un tiempo, probé algunos. No era el tipo de té que consumo habitualmente y en clase Sifu siempre preparaba té mientras hacíamos elongación. Así que un día, en un acto que más de uno cuestiona cuando lo cuento, decidí regalarle la caja. Una de las últimas cosas materiales que me dejó mi vieja.


Entre estos había uno de jazmín y, unas semanas después, Sifu nos sentó a todos mientras nos ofrecía ese té. Ya sentados, nos contó la leyenda de una joven campesina a quien todos en la aldea llamaban Xiaohua. Quienes quieran pueden buscar la leyenda; lo importante para mí es que, al escucharla, no pude dejar de pensar que a mi madre le habría encantado esa historia. A ella le encantaban los cuentos, y me transmitió ese amor desde muy chico.


Cuando termina esta anécdota, quienes cuestionaban el acto de desprendimiento entienden que, al final, ese gesto no se había perdido. Se había transformado en otra cosa: más profunda, más humana.


Para mí, esta no es una simple anécdota, es una historia muy personal que me informa qué lugar ocupa el Kung Fu en mi vida. Y me recuerda, como alguna vez me dijo mi madre, que nunca se pierde aquello que se otorga incondicionalmente.


Y como ya escribí alguna vez (“Había una vez”): mi vida está llena de pequeñas historias. Algunas mías desde el comienzo, otras legadas. Algunas compartidas, otras que guardo celosamente. Algunas son para toda la vida, otras destinadas al olvido. Algunas son infinitas, otras truncadas. Y ahora, después de casi diez años de práctica, tengo también historias de Kung Fu para enriquecer el tapiz donde busco sentido en el caos cotidiano.


Las historias de los maestros, infinitamente más grandes que la mía, son el modo en que el Kung Fu se cuenta a sí mismo quién es, de dónde viene y qué quiere preservar. Son una memoria viva.


En tiempos de globalización, donde el Kung Fu se ha convertido en deporte, espectáculo o fitness, estas historias mantienen vivo su núcleo cultural y filosófico original. Actúan como una forma de resistencia frente a la banalización y comercialización.


Preservarlas es, también, buen Kung Fu.

Imperial Radch – Ancillary Justice y el resto de la trilogía

Una de las cosas más interesantes de Ancillary Justice, es que Ann Leckie utiliza cómo narrador a una Inteligencia Artificial. Como vuelta de tuerca, esta I.A. no sólo controla una nave espacial, sino que mediante sensores e implantes en todos los tripulantes tiene acceso a información de todas sus variables vitales, puede comunicarse con cada uno de ellos y además controlaba en primera persona a un centenar de cuerpos dentro y fuera de la nave. El resultado es la posibilidad de hacer un narrador en primera persona que al mismo tiempo es un narrador omnisciente.

Una I.A. que controla la nave y todo lo que pasa adentro es un planteo interesante, el problema que presenta en el segundo libro sobre la intimidad y privacidad en un ambiente de estas características es más interesante, la posibilidad de crear una nueva categoría de narrador es una genialidad. ¡Es el género en todo su potencial!

Centrales en la trilogía está la idea de los auxiliares (ancillaries) que le dan nombre a cada uno de los libros. Básicamente son los elementos rebeldes de mundos conquistados, que por medio de implantes se convierten en cuerpos para el uso de las I.A. de las naves. En el mundo de Leckie no hay robots, es mucho más sencillo subyugar cuerpos por medio de implantes y someterlos al control de una I.A.
“You hear stories about ancillaries, and it seems like the most awful thing, the most viscerally appalling thing the Radchaai have done. Garsedd -well, yes, Garsedd, but that was a thousand years ago. This-to invade and take, what, half the adult population? And turn them into walking corpses, slaved to your ships’ AIs. Turned against their own people…”
“Ancillaries are human bodies, but they’re also part of the ship. What the ancillaries feel, the ship feels. Because they’re the same. Well, different bodies are different. Things taste different or feel different, they don’t always want the same things, but altogether, on the average, yes, it’s a thing I attended to, for the bodies that needed it. I don’t like being uncomfortable, no one does. I did what I could to make my ancillaries comfortable.”
 
La historia principal se centra en Breq, la I.A. de una nave (Justice of Toren) que además de controlar a la nave en sí, controlaba un centenar de auxiliares. A mitad del primer libro queda en control de un solo auxiliar, perdiendo todo lo demás, y un poco ahí, otro poco en el resto de los libros, Leckie explora el sentido de perdida que esto implica.
“It was the third worst thing that has ever happened to me. I had lost all sense of Justice of Toren overhead, all sense of myself. I had shattered into twenty fragments that could barely communicate with each other.”
Y además del sentido de perdida, el camino de reconstrucción, de repensarse volver a forjar una nueva identidad.
“I spent six months trying to understand how to do anything, how to walk and breathe and sleep and eat as myself. As a myself that was only a fragment of what I had been, with no conceivable future beyond eternally wishing for what was gone.

In the nineteen years since then, I had learned eleven languages and 713 songs. I had found ways to conceal what I was- even, I was fairly sure, from the Lord of the Radch herself. I had worked as a cook, a janitor, a pilot. I had settled on a plan of action. I had joined religious order, and made a great deal of money. In all that time I only killed a dozen people.”
La idea de un ser (en este caso una I.A.) con una conciencia distribuida es excelente y abre el terreno para plantear preguntas complejas desde una nueva perspectiva, el más obvio es el de identidad y conflicto interno.
“The first I noticed even the bare possibility that I -Justice of Toren might not also be I -One Esk, was that moment that Justice of Toren edited One Esk’s memory of the slaughter in the temple of Ikkt. The moment I - “I” - was surprised by it.
It makes the history hard to convey. Because still, “I” was me, unitary, one thing, and yet I acted against myself, contrary to my interests and desires, sometimes secretly, deceiving myself as to what I knew and did. And it’s difficult for me even now to know who performed what actions, or knew which information. Because I was Justice of Toren. Even when I wasn’t. Even if I’m not anymore.”

Es una historia sobre cómo ve la humanidad una inteligencia artificial, creada y criada por humanos. Siempre presente la condescendencia de un ser que se cree excluido de esa humanidad pero que después de más de mil años de convivencia conoce todos sus mañas y defectos. Breq es la brújula moral de toda la historia, y por momentos se pone irritante, sólo ocasionalmente Leckie nos deja ver que Breq también tiene sentimientos… que las I.A. tenga sentimientos está cubierto con una excelente excusa:
“Without feelings insignificant decisions become excruciating attempts to compare endless arrays of inconsequential things. It’s just easier to handle those with emotions.”
Otro punto de vista, es una historia sobre las emociones, contada por un ser poco emocional y con una capacidad para la racionalidad mucho más alta que la humana. Todas las emociones y sentimientos que Breq percibe, Leckie nos los cuenta, y esto a veces también es irritante, porque parece una telenovela contada por un robot.

Sobreimpuesto sobre estas ideas hay dos historias, la historia clásica del gran imperio que se desmorona, muy inspirada en estructuras sociales y culturales del imperio romano; la otra (que es bastante romana también) es la historia de los excluidos, el ciudadano (Radchaai) y el bárbaro, el privilegiado y el relegado, la I.A. y el ser humano.
“I know what Seven Issa, or at least those like them, do to people they find on the wrong side of a dividing line. Five years ago it was noncitizen. In the future, who knows? Perhaps not-citizen-enough?” She waved a hand, a gesture of surrender. “It won’t matter. Such boundaries are too easy to create.”
Tiene algunos momentos brutales que me hicieron recordar al universo de Warhammer 40K, es una lástima que no haya explotado un poco más ese lado visceral como contrapunto para los momentos más emocionales…
“...those people human troops shot… a hundred years ago they’d have been stored in suspension for future use as ancillary segments. Do you know how many we still have stockpiled? Justice of Toren’s holds will be full of ancillaries for the next million years. If not longer. Those people are effectively dead. So what’s the difference? And you don’t like my saying that, but here’s the truth: luxury always comes at someone else’s expense.”
“She knew, everyone in this line knew, that they would either be stored for future use as ancillaries -like the ancillaries of mine that stood before them even now, identities gone, bodies appendages to a Radchaai warship- or else they would be disposed of.”
Así cómo muchas voces proclamaban que la decadencia del Imperio Romano se debía a la corrupción de los valores que la hicieron grande, la decadencia del Imperio Radchaai se debe también a un acto de corrupción, pero en este caso del emperador Anaander Mianaai, que no es una persona, sino miles de cuerpos distribuidos en espacio Radchaai que comparten una mente.
“For three thousand years Anaander Minaai had ruled Radch space absolutely. She resided in each of the thirteen provincial palaces, and was present at every annexation. She was able to do this because she possessed thousands of bodies, all of them genetically identical, all of them linked to each other… It was she who made Radchaai law, and she who decided on any exceptions to the law. She was the ultimate commander of the military, the highest head priest of Amaat, the person to whom, ultimately, all Radchaai houses were clients.”
O como dice en el segundo libro, un poco más compacto:
“Thousands of bodies distributed over all of Radch space, twelve different headquarters, all in constant communication but timelagged. Radch space -and Anaander herself- had been steadily expanding for three thousand years, and by now it could take weeks for a thought to reach all the way across herself. It was always, from the beginning, going to fall apart at some point.”
Esta saga se incluye en el sub-genero Space-Opera, el gran paraguas donde cae toda obra de ciencia ficción con un imperio galáctico y guerras interestelares. Aunque en este caso hay muy pocas batallas y escenas de acción y las temáticas son tal vez más propias del Cyber-Punk que de una Space-Opera.
El conflicto épico está planteado, pero sólo vemos el desenlace del conflicto local, específicamente aislado del resto.

De las pocas cosas malas, ya mencioné que por momentos me fue resultando un poco tedioso como Breq narrador es una brújula moral infalible, y cómo pese a ser un narrador neutro necesita justificar las respuestas emocionales de todos los personajes. Si a esto le sumamos la omnipresencia de la I.A. de otra nave, se pueden dar situaciones telenovelescas, cómo una del tercer libro, donde las I.A. terminan actuando como mediadores emocionales en los amoríos de dos personajes… un poco demasiado para mi gusto, Leckie amaga bastante seguido con perderse un poco en relaciones “amorosas” pero consigue mantener el tema semi-controlado.

“I want to say,” said Seivarden, still standing, nervous and awkward, just inside the doorway. “I mean. A while ago I apologized for behaving very badly to you.” Took an embarrassed breath. “I didn’t understand what I’d done, I just wanted you to stop being angry at me. I just said what Ship told me I should say. I was angry at you, for being angry at me, but Ship talked me out of being any more stupid than I already had been. But I’ve been thinking about it.”
Ekalu, sitting at the table, went completely still, her face ancillary-blank.
Seivarden knew what that likely meant, but didn’t wait for Ekalu to say anything. “I’ve been thinking about it, and I still don’t understand exactly why what I said hurt you so much. But I don’t need to. It hurt you, and when you told me it hurt you I should have apologized and stopped saying whatever it was. And maybe spent some time trying to understand. Instead of insisting that you manage your feelings to suit me. And I want to say I’m sorry. And I actually mean it this time.”
Seivarden couldn’t see Ekalu’s reaction to this, since Ekalu still sat absolutely motionless. But ship could see. I could see.
Seivarden said, into Ekalu’s silence, “Also I want to say that I miss you. And what we had. But that’s my own stupid fault.”
Silence, for five seconds, though I thought that at any moment Ekalu might speak, or stand. Or weep. “Also,” said Seivarden, then, “I want to say that you’re an excellent officer. You were thrown into the position with no warning and hardly any official training, and I only wish I’d been as steady and as strong my first weeks as a lieutenant.”
“Well, you were only seventeen at the time,” said Ekalu.
“Lieutenant,” Ship admonished Ekalu, in her ear. “Take the compliment.”
Aloud, Ekalu said, “But thank you.”
“It’s an honor to serve with you,” Seivarden said. “Thank you for taking the time to listen to me.” And she bowed, and left.
Ekalu crossed her arms on the table, put her head down on them. “Oh, Ship,” she said, voice despairing. “Did you tell her to say any of that?”
“I helped a bit with the wording,” Ship replied. “But it wasn’t my idea. She means it.”
 
PD: Por ahí tendría que haber mencionado que el lenguaje del imperio Radch no tiene distinción de género, por lo cual en el texto el pronombre utilizado para todos los personajes es “She”, indistintamente para los masculinos y los femeninos. Consigue medianamente su objetivo de hacer irrelevante el género de cada personaje, y por ende cuestionables nuestros prejuicios basados en el género… aunque si leen el extracto de arriba pueden ver que no consigue romper con los estereotipos de relaciones.

The Longman Anthology of World Literature – The Ancient World: Vol. A

Vengo rumiando este primer volumen desde hace unos meses, la verdad es que la literatura antigua puede ser muy árida por momentos, además aproveché para mechar con un poco de historia del arte, historia universal y un volumen un poco más singular sobre religiones del mundo, todo esto en contexto da un panorama mucho más acabado de las diferentes culturas que hollaron esta tierra hace tantos años, pero puede extender bastante el tiempo de lectura...

Con más de 1300 páginas cargadas de notas al pie, introducciones históricas a las culturas que generaron los textos, algunas notas sobre los autores más importantes y un sinfín de referencias, más que un libro es una biblioteca del mundo antiguo condensada y referenciada. 

Este es el primero de seis volúmenes que componen la obra, estos son utilizados en el país del norte para las carreras universitarias de literatura, y la verdad que con una lectura atenta, este texto no necesita profesor, está todo ahí para que uno lo lea al ritmo que quiera.

En total se cubren más de 3600 años, desde los primeros textos Sumerios hasta Confesiones de San Agustín, pasando por el Mahabharata y las Analectas de Confucio. La selección es muy buena, más fuertemente fundada sobre la rama de la cultura judeo-cristiana que sirve de punto de partida para lo que llamamos cultura occidental, pero sin descuidar por completo la cultura Hindú y la China.

El nombre de la mayoría de los textos los reconocí por haber leído algo de Historia Universal y de Historia de la Filosofía y de la Ciencia, el contenido en muchos casos fué una sorpresa, exceptuando los pertenecientes a la cultura Greco-Romana, que de todas formas fue un placer releer.

La primera sorpresa fue darme cuenta de que la mayoría de los textos son de carácter religioso. Algo evidente para cualquiera que lo piense 10 minutos, en el mundo pre-moderno el principal transmisor de cultura y tradición era la religión. Acá se podría cometer el error de pensar que me refiero sólo a la historia de José, la de Sinuhé, la Historia de los dos hermanos, el libro de Job o los libros de los muertos de los egipcios. En el mundo antiguo la religión impregnaba todos los aspectos de la cultura. Leer las épicas de Homero desde una perspectiva puramente secular es no terminar de comprender que estas épicas eran ante todo un manual de conducta que enseñaba la forma adecuada de ofrendar a los dioses, explicar la jerarquía entre ellos, y la forma correcta de comportarse entre los hombres. En otras palabras, no hay grandes diferencias entre las intenciones detrás del Pentateuco, el Nuevo testamento, la Ilíada, el Mahabharata o la Épica de Gilgamesh. La religión se transmite desde tiempos inmemoriales a través del poder de las historias, y tenemos que avanzar muchísimo en el tiempo para encontrar historias que no tengan su origen en la religión.

Después encontré un montón de curiosidades, cómo la similitud entre la historia de la inundación en el Génesis y la de la Épica de Gilgamesh:
Genesis Chapter 8:
And he let out the raven and it went forth to and fro until the waters should dry up from the earth. And he let out the dove to see whether the waters had abated from the surface of the ground.
Gilgamesh Tablet 11:
When a seventh day arrived
I Sent forth a dove and released it.
The dove went off, but came back to me;
… I sent forth a raven and released it.
The raven went off, and saw the waters slither back.
La Épica de Gilgamesh está llena de curiosidades;
Antes que Goethe la épica decía:  
"I will teach about him who experienced all things."
Antes que la Odisea:
He went on a distant journey, pushing himself to exhaustion,
But then was brought to peace.
He carved on a stone stela all of his toils,
And built the wall of Uruk-Haven.
Antes de que Aquiles llorara a Patroclo:
I mourn for Enkidu, my friend.
I shriek in anguish like a mourner.
La intertextualidad dentro de cualquier cultura es increíble, y es uno de los fuertes de este libro que a través de referencias y notas al pie ayuda a la interpretación de estos textos, y termina siendo valiosísimo para una lectura más profunda de cualquier otro texto.
 
Llevándolo al extremo, y con las series y películas de Zombies tan de moda, lo que sigue es un extracto del descenso de Ishtar al inframundo, proveniente de la cultura Sumeria, posiblemente la primer referencia a muertos devorando vivos:
The Descent of Ishtar to the Underworld: Ishtar spoke to her father, Anu, saying:
“Father, give me the Bull of Heaven,
So he can kill Gilgamesh in his dwelling.
If you do not give me the Bull of Heaven,
I will knock down the Gates of the Netherworld,
I will smash the door posts, and leave the doors flat down,
And will let the dead go up to eat the living!
And the dead will outnumber the living!”
En este volumen también encontré la primera explicación de porqué no leí casi nada del Caballo Troyano ni en la Ilíada ni en la Odisea:
The singers of the Homeric tradition composed many poems recounting the events of this war and its aftermath. Most have been lost: poems that told of the giving of the prize, Helen, to Paris; of the arrival of the Amazons, women warriors, to help the Trojans on the battlefield; of the hero Achilles’s falling in love with the queen of the Amazons, Penthesilea, even as he killed her with his spear; of the suicide of the hero Ajax; of the Trojan Horse and the sacking of Troy; and of the nostoi, or “returns,” of the Greek heroes. The two Homeric poems that have come down to us focus vividly on two of the crucial stories contained within the greater epic tradition.
Leyéndolo con pocas interrupciones, me llamo la atención la evolución del lenguaje (y tal vez de las emociones) a través de los diferentes períodos. En las primeras historias de Oriente Medio cómo la de Gilgamesh, las historias que conforman el Pentateuco o las historias Egipcias, es difícil entender las motivaciones de los personajes y por lo general pueden resultar extrañas y alienantes, increíblemente distantes. Para la época de los cantos Homéricos, los héroes y dioses tienen motivaciones mucho más entendibles para nuestra cultura, emociones fuertísimas como la ira y el orgullo marcan la historia de Aquiles, al leerlos hay una conexión, un nexo, aunque sea distante podemos identificarnos con algunas situaciones. Para la era de los dramaturgos (Esquilo, Sófocles y Eurípides) esta evolución alcanza su madurez, la forma en la que se expresan las emociones, el lenguaje, las motivaciones de los personajes, ya todos son entendibles desde nuestra cultura y son muy pocas las ayudas necesarias para contemporizar algunas expresiones o situaciones.
 
Otro gran descubrimiento para mí fue la riqueza de la literatura Hindú, de la que sabía poco más que la existencia del Bhagavad Gita. Fue increíble encontrarme con el Mahabharata, que cómo dice van Buitenen es el análogo equivalente a buena parte de la totalidad de la literatura occidental antigua en una sola obra.
“The Mahabharata, or “Great Battle of the Men of Bharata,” is indeed great both for its size and its argument. It has traditionally been calculated to contain 100.000 quatrains (of thirty-two syllables each), which makes it about seven times the size of the Iliad and Odyssey combined. Even more decidedly than the Greek and other foundational epics, the Mahabharata seeks to offer a total account of a culture. The text itself announces at the start, “Whatever is found here may well be found elsewhere; what is not here is nowhere.”
Van Buitenen drew an apt analogy for the work from the tradition of European literature: he invites us to imagine a combined text including the Illiad, somewhat more loosely structured; an abbreviated version of the Oddysey (the Mahabharata contains a version of the Ramayana); quite a bit of Hesiod’s account of the birth of the gods; some sequences adapted from Herodotus’s history; many passages adapted and transformed from the pre-Socratic philosophers; Socrates by way of Plato by way of Plotinus, the third-century pantheist; and a generous selection of the Gospels by way of moralizing stories. This would seem absurd in the West, he adds, but the Mahabharata actually exists. And, we should quickly note, it exists not as a jumbled anthology but with parts conjoined into a narrative whole that never loses sight of the story it has to tell.”
Obviamente en la selección del Mahabharata está incluido el intercambio entre Arjuna y Krishna que hicieron tan famoso al Bhagavad Gita.

La selección de textos chinos por ahí es más pobre, pocas cosas para destacar por sobre la selección de Analectas Confucianas y algunos textos Taoístas, lo mismo para la cultura Romana, de la que hay poco más que la Eneida de Virgilio y las Metamorfosis de Ovidio.

Calígula. Un suicidio superior.



Retomé mi librito de obras completas de Camus, ya leí todas las novelas, con las que quedé más que satisfecho, empecé con el teatro: Calígula.

Mi último contacto con Calígula antes de esta obra de Camus fue la película de Tinto Brass con Malcolm McDowell y Peter O’Toole. Calígula junto con Nerón son los grandes infames de la historia de Roma, su perfil de “locos” despiertan la curiosidad de muchos, incluyendo artistas porno como Bob Guccione que secuestró ésta película y le agregó escenas hardcore. 15 orgías y 30 eyaculaciones más tarde, concluí que efectivamente había terminado de mirar una porno encubierta, algo similar les pasó a O’Toole y McDowell… en particular a O´Toole que no sabía cómo despegarse de la película.

Volviendo a la obra, la explicación de Camus a esa aparente debilidad mental de Calígula, es que se trata de un dolor existencial al encontrarse con la muerte.

Calígula: Este mundo, tal como está hecho, no es soportable. Así que necesito la luna, la felicidad, o la inmortalidad, algo que quizá sea descabellado, pero que no sea de este mundo.
Helicón: Es un buen razonamiento. Pero, en general, no se puede razonar así hasta el fin.
Calígula: Tú no sabes nada. Precisamente porque no se le lleva hasta el extremo, es por lo que no se obtiene nada. Pero basta quizá con ser lógico hasta el fin. Sé también lo que piensas. ¡Qué historias por la muerte de una mujer! Pero no es eso. Creo acordarme, es verdad, que hace unos días, una mujer que yo amaba, murió. Pero, ¿qué es el amor? Poca cosa. Esa muerte no es nada, te lo juro; sólo es la señal de una verdad que convierte a la luna en necesaria. Es una verdad muy sencilla y muy clara, algo tonta, pero difícil de descubrir y pesada de llevar.
Helicón: ¿Cuál es esa verdad?
Calígula: Los hombres mueren y no son felices.
Helicón
: Vamos, Cayo. Es una verdad de la que uno se libera muy bien. Mira a tu alrededor. No es eso lo que les impide almorzar.
Calígula: ¡Entonces es que todo, a mi alrededor es mentira y yo quiero que se viva en la verdad! Y justamente tengo los medios para hacerles vivir en la verdad. Pues sé lo que les hace falta, Helicón. Están privados del conocimiento y les es necesario un maestro que sepa de qué habla.

No cabía esperar otra cosa de Camus. Lo que dice parece un poco contradictorio, porque insiste una y otra vez que no es la muerte de la mujer amada lo que dispara esa sensación de desazón y desesperación. La clave para interpretar lo que dice Camus está en que no es el amor, es la muerte, y no la propia, sino la de todo lo demás.

Casi sobre el final, explica en más detalle la forma en que ese evento afecta a Calígula.

Calígula: Hubo un tiempo en que creía haber alcanzado el límite del dolor. Pues no, aún se puede ir más lejos. Al fin de esa región hay una felicidad estéril y magnífica. ... Pues amar a un ser es aceptar hacerse viejo con él. Yo no soy capaz de ese amor. Drusila vieja era mucho peor que Drusila muerta. Se cree que un hombre sufre porque el ser que él amaba muere un día. Pero su verdadero sufrimiento es menos fútil: es el de darse cuenta de que tampoco la pena dura. Incluso el dolor está despojado de sentido. Ya ves, yo no tenía excusas, ni siquiera la sombra de un amor, ni la amargura de la melancolía. No tengo coartada. Pero hoy, soy aún más libre que hace años, soy libre del recuerdo y de la ilusión. ¡Sé que nada dura! ¡Gran saber éste!
¡Calígula! Tú también, tú también eres culpable. Poco más o menos. Pero, ¡quién se atrevería a condenarme en este mundo sin juez, donde nadie es inocente! ... Pero no importa. Tampoco el miedo dura. Voy a encontrar ese gran vacío donde el corazón se apacigua. ... Esta noche es pesada como el dolor humano.


En palabras del propio Camus, la obra es un suicidio superior, la búsqueda del absoluto que lleva a la negación de uno mismo.
Calígula, hasta entonces príncipe relativamente amable, se da cuenta cuando muere Drusila, su hermana y su amante, de que "los hombres mueren y [...] no son felices". Desde entonces, obsesionado con la búsqueda de lo absoluto, envenenado de desprecio y horror, intenta ejercer, a través del asesinato y la perversión sistemática de todos los valores, una libertad que finalmente descubre que no es buena. Rechaza la amistad y el amor, la solidaridad humana sencilla, el bien y el mal. Toma la palabra los que le rodean, les empuja hacia la lógica, nivela todo lo que está a su alrededor por la fuerza de su negativa y por la furia de la destrucción que conduce su pasión por la vida.

Pero, suponiendo que la verdad sea rebelarse contra el destino, su error consiste en negar a los hombres. No se puede destruir todo sin destruirse a sí mismo. Por eso Calígula desaloja a todos los que le rodean y, fiel a su lógica, hace lo necesario para armar a aquéllos que finalmente lo asesinarán. Calígula es la historia de un suicidio superior. Es la historia del más humano y más trágico de los errores. Infiel a los seres humanos debido a la excesiva lealtad a uno mismo, Calígula consiente en morir después de darse cuenta de que no se puede salvar solo y que nadie puede ser libre si es en contra de otros.

Es una buena obra, se lee muy rápido y sin mayores dificultades, pero no está a la altura de las novelas de Camus. Tiene algunos pasajes que son increíbles:

Calígula: Vivir, Cesonia, vivir es lo contrario de amar. Soy yo quien te lo dice y soy yo quien te invita a una fiesta sin medida, a un proceso general, al más bello de los espectáculos. Y necesito gente, espectadores, víctimas y culpables. Haced entrar a los culpables. Necesito culpables. Y todos lo son. Quiero que se haga entrar a los condenados a muerte. ¡Público, quiero tener mi público! ¡Jueces, testigos, acusados, todos están condenados de antemano! ¡Ah, Cesonia, les enseñaré lo que jamás han vista, el único hombre libre del imperio!

Pero son pasajes que no revelan nada nuevo sobre el pensamiento de Camus que no esté reflejado en otras de sus obras, por lo general más jugosas. Aunque por otro lado, la idea del suicidio superior parece un buen resumen de todo el pensamiento existencialista Camusiano.